Históricamente en los países del tercer mundo –y aún en los que están “en vías de desarrollo”- la divulgación de la ciencia no ha sido una prioridad para las instituciones oficiales o la iniciativa privada, y mucho menos para la población general quien por su educación exacerbadamente elemental, no identifica sentidos prácticos y razones objetivas en la vida real para procurarse un acercamiento con el mundo del conocimiento de esta naturaleza. El boom de esta especificación de género documental que explotó en todo el mundo hace más de 10 años ya, impulsado por la revolución de la televisión por cable, es hora todavía que no hace sentir sus efectos de forma significativa en nuestro país, sobre todo en lo que se refiere a cuestiones de realización.
Por un lado ésta parcial divulgación científica cuenta con medios de comunicación muy básicos en cuanto a su forma, con poca difusión y en la gran mayoría de los casos, que son el resultado de intereses y posturas de quienes los crean (de igual forma que la producción misma del conocimiento), lo cual significa que responden a criterios corporativos y estratégicos, más que a los educativos o culturales. Por esta razón, a pesar de la efectiva riqueza de generación de conocimiento científico en México y de que efectivamente existan los esfuerzos por divulgarlos, la mayor parte de este material ha quedado enlatado y ha sido muy poco difundido. Así, la referencia para establecer un vínculo entre la ciencia y la comunidad a quienes va dirigida, está también determinada por la lógica del mercado, o los rígidos intereses más académicos que sociales por parte de las comunidades científicas.
Por el otro lado, los formatos que se han utilizado para la consecución de los objetivos de la divulgación de la ciencia, no están sustentados en los hábitos culturales de nuestro pueblo, sino que también responden a las necesidades, expectativas o prejuicios de quienes encargan su realización, o a los consumos de bienes y servicios que intentan promover.
La consecuencia de estos factores: una educación precaria del pueblo, una incapacidad o cerrazón por parte de la academia para divulgar la ciencia, y una difusión con muchas carencias del material producido, tiene como resultado final el hecho de que en México la población general muestre una relación muy pobre, inexistente en la mayoría de los casos, con el conocimiento que genera en su propia comunidad.
Las implicaciones del problema.
El mero hecho de preguntarnos sobre si debemos o no popularizar la ciencia, es un “trático interrogante, sintomático de una peligrosa enfermedad que nuestra civilización comenzó a padecer poco después de su nacimiento”
[1], que ahora es más vigente que nunca y se pone de manifiesto en los problemas de la limitada comunicación y divulgación de la ciencia no sólo en México sino en casi la totalidad de los países del tercer mundo.
La esencia del concepto se ha desvirtuado. En su origen, esta relación de la gente con el conocimiento científico fue natural y positiva, los primeros científicos conocidos fueron hombres regulares que trabajaban la tierra y llenos de curiosidad se ensuciaban las manos para tratar de entender a la naturaleza que les rodeaba. “No se consideraban a sí mismos como miembros selectos de un sacerdocio científico apartado del resto”
[2]. Desgraciadamente esta postura duró poco, y la ciencia se convirtió en propiedad exclusiva de gente en las esferas privilegiadas, ya que pronto descubrieron el poder del conocimiento. A partir de entonces hemos estado divididos entre unos pocos afortunados dedicados a la ciencia, los elegidos capaces de conocer la belleza y el encanto de la naturaleza, y el resto de los legos ignorantes, que por alguna razón no somos adecuados para acceder a esa información. Esta posición epistemológica en la que los sujetos nos perdemos en la gran maquinaria institucional ha marcado la manera de generar conocimiento, y más allá de eso, ha determinado el hecho de que se haya o no dado a conocer.
El caso de México no es la excepción respecto de la problemática planteada. Somos un país en el que durante mucho tiempo las comunidades científicas y académicas estuvieron muy comprometidas con los grupos que detentan el poder, y que al compartir sus intereses en cuanto a la generación y difusión de conocimiento, marcaron una línea casi infranqueable con las masas, concibiendo a la ciencia, para ambos niveles, como algo completamente alejado de la actividad humana. Se subestimó la capacidad del pueblo, se les creyó ignorantes y desinteresados. Se les habó en códigos complejos y de temas a niveles muy abstractos o teóricos lejanos a su vida de todos los días. Y la gente, como en la democracia negada, no ha expresado nunca su opinión porque simplemente no sabe de qué se estaba hablando y por lo tanto, no existe una razón real por la cual deban procurar en su vida el utilitarismo o el goce intelectual de comprender al mundo que nos rodea.
La alternativa de solución.
En aras de la democracia, la cultura, la educación y la necesidad de mejorar la calidad de vida de nuestro pueblo, esta situación debe ser replanteada. La tarea es buscar los medios para promover una evolución de la comunicación pública y la divulgación de la ciencia, en el sentido de establecer relaciones efectivas y prácticas entre el ciudadano promedio y el mundo del conocimiento científico. El objetivo general que oriente la tarea aquí planteada, debe ser el procurar una transformación de las maneras, los usos y los hábitos, que tiene el pueblo mexicano para relacionarse con esta naturaleza del saber.
Sin embargo y contrariamente a las posturas que apuestan en su discurso por un supuesto “progreso”, también alejadas de nuestra realidad, el hacerlo no puede estar sustentado en la búsqueda de nuevos medios, más sofisticados y elaborados, a los cuales por nuestras condiciones culturales y sociales por demás básicas, tenemos un acceso muy restringido.
[3] Por el contrario, la propuesta que ahora tratamos de esbozar, pretende dar respuestas en el sentido de la redefinición novedosa de formatos comunicacionales que los públicos en general tienen ya bien incorporados, los que ya conoce, con los que históricamente ha establecido una relación cercana, íntima e importante, lo cual tendía como resultado, de forma exclusiva, la posibilidad de establecer un vínculo verdadero entre quien produce ciencia, y quien debería hacer uso de ella.
Si analizamos el tiempo que dedicamos al esparcimiento, veremos que los medios masivos de comunicación acaparan casi en su totalidad el tiempo libre. La información que se recibe a través de la televisión, del cine y del radio es por lo general una información fragmentada y sin significados, sin análisis, fútil, y que muere una tras otra al poco rato de emitirse. Este ritmo vertiginoso de producción de información y el tipo de contenidos, producen en el espectador un cierto grado de hipnosis, de comodidad y de adormilamiento y lo que es más grave aún, va condicionando poco a poco la manera de conocer, de saber y de creer de los individuos; es decir, va conformando una sociedad para la cual el sentido de realidad está en las formas utilizadas por los medios.
Cuando se presentan programas diferentes, ya sea con otro tipo de información o manejando ritmos más lentos adecuados para dar tiempo a la participación conciente y analítica del espectador, pueden caer en lo que se siente como irreal, distante y en lo que se considera frecuentemente cansado. Y este es precisamente el caso de la comunicación para la divulgación científica, cuando menos en nuestro país y en nuestro momento histórico.
A causa de su misma naturaleza racional, el conocimiento científico requiere de la participación conciente del espectador para ejercer el análisis, establecer relaciones y descubrir no sólo el mundo de conocimientos que se le presenta, sino su propia emoción por conocer. Emoción ligada al conocimiento y a la belleza y de manera alguna, a la explotación de las pasiones humanas que es el recurso fácil que se utiliza tradicionalmente en los medios de comunicación.
Al salirse de los esquemas “normales” en la comunicación, la difusión del conocimiento científico plantea un rompimiento con la “educación” que ha tenido el espectador durante miles de horas de entrenamiento a lo largo de su vida.
Enfrentamiento, rompimiento o novedad que al presentarse pudiera convertirse, sin embargo, en atracción. Eh aquí nuestro dilema: “cómo mantener una atención e interés iniciales provocados por la misma diferencia, que se desarrolle para dar lugar finalmente a una emoción. En otras palabras, nos estamos preguntando cómo hacer de la comunicación de la ciencia todo un espectáculo que conduzca a través de la vista, el oído o ambos, a una contemplación intelectual que “mueva el ánimo infundiéndole deleite y asombro”
[4]
Toda transmisión o comunicación implica la utilización de un medio cuya expresión le da en un lenguaje propio, y de aquello que se quiere comunicar cuya expresión se manifiesta a través de otro lenguaje. Para lograr la comunicación es necesario hacer una traducción del lenguaje de los contenidos al lenguaje del medio utilizado cuyo código sea familiar al espectador. Y éste es el segundo gran problema en la difusión de la ciencia. No sólo su naturaleza es diferente a la de los contenidos usuales en los medios, sino también lo es su lenguaje. Entender y manejar estos dos lenguajes es fundamental para lograr primero una buena traducción y de aquí partir para realizar un espectáculo.
[1] DRUYAN ANN. ¿Hay que popularizar la ciencia?, en “El Universo de Carl Sagan”. Yervant Tercian y Elizabeth Bilson. Cambridge University Press. 1999
[2] Idem
[3] Por ejemplo, a pesar de la explosiva popularidad que ha ganado internet en sólo unos cuantos años, es sólo el XX de la población de México la que lo puede tener acceso regular.
[4] Definición de “espectáculo”, según la enciclopedia Espasa Calpe.